
Por Carlos Hernández Alonso
El otro día leí una noticia que me dejó pensando. Un niño de A Coruña fingió haber sacado un 8 en un examen cuando en realidad había suspendido con un 2. Lo sorprendente no es solo la mentira en sí, sino lo que hay detrás: el miedo a decepcionar, a ser castigado o rechazado. Según explicaba una psicóloga en el artículo, muchas veces este tipo de comportamientos son una forma de protegerse cuando el entorno no es del todo seguro para mostrarse vulnerable.
Me pareció muy humano. ¿Quién no ha intentado esconder un fallo alguna vez por miedo a lo que pensarán los demás? En el caso de los niños, esto puede volverse aún más delicado si no encuentran un espacio donde se les permita fallar sin sentirse menos queridos por ello. Al final, como decía la psicóloga, lo que pasa factura no es el suspenso, sino la necesidad de ocultarlo. Y eso nos debería hacer pensar más en cómo acompañamos a los niños, no solo en sus éxitos, sino también y sobre todo en sus tropiezos.
Extraído de la entrevista a Miriam Fernández Barreiros, psicóloga experta en altas capacidades en La Voz de Galicia: https://www.lavozdegalicia.es/noticia/coruna/coruna/2025/04/26/nino-finge-8-2-colegio-final-acaba-pasando-factura/0003_202504H26C6992.htm
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